Mientras que no nos abandone el toro bravo…

El matador de toros José Antonio ‘Morante de la Puebla’ anunció ayer al finalizar la corrida en El Puerto de Santa María que se retira de los ruedos por “aburrimiento” ante un sistema “que va en contra del toreo de arte”
Antonio José Candel

La fiesta de los toros es inmortal. Inmortal por el arte, la esencia, la pasión y los manantiales de sentimientos que la amparan. También por su historia inalterable. Y, no les quepa la menor duda, la fiesta de los toros es inmortal porque supo dirimir su ecuánime naturaleza por encima de todos sus temporales protagonistas.

Incluso por encima de aquellos protagonistas que marcaron reales y magnificentes capítulos en las páginas de la vida de la Tauromaquia. Algunos de estos protagonistas desaparecieron precozmente derramando su sangre y, en consecuencia, marcando un antes y un después en su tiempo. Otros, acertada o erróneamente, decidieron –o siguen decidiendo— abstraerse de la esencia del toreo. Y si seguimos cerrando esta aureola, algunos (protagonistas) lo decidieron con el noble ánimo de garantizar una renovación generacional.

Anoche nos acostábamos con la noticia de que el genio de La Puebla ha decidido retirarse del toreo de manera imprevista e indefinida después de torear el pasado domingo en El Puerto de Santa María. Esta supone ya la tercera despedida de los ruedos que anuncia Morante de la Puebla en toda su carrera. La primera, en 2004, para tratarse una depresión y la segunda, en 2007, porque había perdido la ilusión.

Su soberbio y arrogante llanto contra presidentes y veterinarios empaña ahora una despedida indigna para un torero que como ninguno supo hacer realidad la particularidad del duende torero: “Me voy del toreo, los presidentes y veterinarios me han aburrido”. Dentro del registro de torerías y diabluras del maestro sevillano no podrá olvidarse la inconformidad del torero cuya presencia oscilaba cada tarde y en cada plaza una autoritaria divinidad, y cuyas actuaciones y polémicas han acorralado en sombras sus últimas temporadas. Siendo el torero único, la personificación del clasicismo más torero, Morante no ha sabido gestionar su siempre particular idiosincrasia.

Claro que no es una buena noticia la espantada de José Antonio Morante. Pero tampoco supone el principio del fin. Si la Tauromaquia sigue mañana resentida y herida no será por la baja caprichosa y aburrida de ningún torero. No. Será más bien por la desidia, la desilusión y la falta de un trabajo cohesionado y original. Solo el ocaso del Toro Bravo y Encastado podrá herir de muerte la Fiesta más culta de nuestro país. Mientras tanto, disfruten de los Toros.

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