Los toros del Conde de la Maza: de la realidad al recuerdo

Repasamos algunos de los momentos que pasarán a la historia de la ganadería de Morón de la Frontera, hoy condenada a la extinción
Antonio José Candel

La desidia será, sin duda alguna, una de las diversas y funestas actitudes que den al traste con toda intención de supervivencia. A lo largo de una de las clases del Curso de Periodismo Taurino Fundación Wellington impartida durante estos días, distinguí un mensaje que encierra toda la simpleza a la que se ha llegado a sintetizar la grandiosidad de este arte: “El mundo del toro es el único sector que no ha sabido readaptarse a los tiempos para salir de la crisis”. Es cierto. A la falta de un mensaje claro, alejado de tópicos, se suma la indolencia de todo el sector ante aquellos problemas que empequeñecen día a día el valor natural de la Tauromaquia y, a su vez, una de sus más entrañables defensas: la diversidad de la cabaña brava. El patrimonio vivo.

La noticia sobre la desaparición de uno de los encastes más significativos del siglo XX ha vuelto a poner de perfil a los líderes de un sistema cada vez más presuntuoso. Un sistema que ante cada nuevo escenario gana –precisamente– en independencia. En hipotética autosuficiencia.

Leopoldo de la Maza Ybarra, conde de la Maza, ha enviado su ganadería al matadero. Argumentos a parte, no seamos hipócritas, la realidad final es esa: adiós a la ganadería sevillana. El Cortijo de Arenales, en Morón de la Frontera, dejará de respirar en bravo para simplificar a vagos recuerdos el legado de un hierro mítico.

Este atentado no puede ser confinado al ostracismo. La ganadería del Conde de la Maza ha atesorado una de las sangres señeras del campo bravo. Tenemos que ser conscientes: por cada una de estas acciones seguimos restando viabilidad y, sobre todo, pluralidad al futuro de la fiesta.

La divisa roja y negra fue una de las habituales en el abono sevillano en la Real Maestranza. Con estos toros se llegó a doctorar, por ejemplo, Antonio Barea de manos de Curro Romero en presencia de Limeño. El caballero rejoneador Rafael Peralta también actuó en esta tarde de solemnidad de abril de 1969. También Valencia, Madrid y otras tantas plazas del norte y sur de España fueron escenario de grandes tardes para esta casa.

En Murcia, entre otros toreros de la tierra, pudieron lidiar ejemplares de la ganadería del Conde de la Maza el –por entonces– novillero murciano Andrés Sánchez Torres junto a José Ignacio de la Serna y Hernán Alonso.
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Otro murciano ligado a esta ganadería fue el destacado novillero murciano de los años 50 y 60, y asesor taurino, Domingo España, fallecido en septiembre de 2017. Domingo, que se vistió de luces por primera vez en 1952 en Orihuela y debutó con caballos en 1957 en Cartagena, hizo su debut en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid en 1961, precisamente con una corrida del Conde de la Maza. Pudo dar una vuelta al ruedo. Amado Ordóñez y Cipriano López ‘El Espontáneo’ completaron este cartel.
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La última vez que pudimos ver a los toros del Conde en la Región de Murcia fue durante la XXVIII Feria Taurina del Arroz, donde lidió una exigente novillada con tres importantes ejemplares, los lidiados en segundo, cuarto y quinto lugar. Tibo García y El Adoureño empataron a una oreja y André Lagravére 'El Galo' llegó a escuchar los tres avisos en el primero de su lote.

El torero Antonio Porras, famoso por su ejecución del salto de la garrocha, fue herido mientras realizaba esta suerte a un toro del Conde de la Maza en la Monumental de Las Ventas. Esa tarde trágica del 7 de octubre de 1973, los espadas José González Copano y Marcelino Librero ‘Marcelino’ tuvieron que lidiar la corrida mano a mano. Debido a este percance, Porras tuvo que dejar los ruedos apenas dos años después.
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Francisco Ruiz Miguel, Emilio Muñoz, Juan Antonio Ruiz ‘Espartaco’, Manolo Cortés, José Antonio Campuzano, Andrés Vázquez, Agustín Castellanos ‘El Puri’, Gregorio Tebar ‘El Inclusero’; o los rejoneadores Álvaro Domecq, Luis Miguel da Veiga, Manuel Vidrié o José Joao Zoio no rehusaron su compromiso con la Fiesta y fueron algunos de los muchos matadores que conocieron las embestidas de los toros del Conde de la Maza.

Uno de los fracasos más mediáticos para esta ganadería tuvo lugar el 14 de abril de 1983 en la plaza de toros de Guadalajara. Esta corrida, televisada en directo por Televisión Española, resultó a la postre ser desastrosa. Manolo Cortés, José Antonio Campuzano y Fernando Rivera, que tomaba la alternativa, se estrellaron –según describe una crónica– «ante un ganado del Conde de la Maza que si bien estaba presentado óptimamente era manso de solemnidad». Campuzano, con tres orejas (una cortó del tercero y dos del quinto) fue el triunfador de la corrida.
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La historia de la divisa sevillana quedará muy pronto reducida a una serie de crónicas, reseñas y anécdotas que dieron vida a la leyenda de esta particular bravura. Una bravura que nacía en la finca ganadera del Conde, en Los Arenales sevillanos. Desde 1953 y hasta noviembre de 2018. Porque, querido lector, cada uno de estos pequeños carpetazos nos acercan de manera disimulada, traicionera y casi muda a un ocaso que nos está sirviendo los últimos rayos de ilusión.

Precisamente por ello hay que reflexionar con más atención que nunca. La situación es, ciertamente, para tener en cuenta. Y es que fueron los propios troyanos los que tiraron del caballo de madera hasta hacerlo descansar dentro de los gigantescos muros de la ciudad. Siglos después, siguieron lamentándose.

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