El editorial de Candel en ((esRadio

«Rafaelillo ha sido uno de los toreros maltratados por este sistema, empecinado en no reconocer el esfuerzo de los hombres que se visten de luces para bailar ante el encuentro crucial con la suerte y el destino»
Antonio José Candel

Mucho se está debatiendo durante este ‘invierno taurino’ sobre lo que para muchos son los males interiores de la fiesta. Aquellos que amenazan a la viabilidad de la Tauromaquia con trágica impunidad. Aquellas injusticias que acechan al toreo y que, en buena medida, ostentan los intereses monolíticos de los grupos empresariales al que concurren con pasmoso capricho apoderados y ganaderos.

La fractura, cada vez más evidente, queda reflejada en las carreras de aquellos toreros que tienen que ganarse los contratos tarde tras tarde, como siempre ha sido en el toreo pero que hoy –sin embargo– ya no es suficiente. Poner en valor los triunfos en el ruedo como máximo exponente de la tradicional meritocracia, ese talante que hacía del arte de la Tauromaquia un ejemplo social ante la recompensa al trabajo, la aptitud y el esfuerzo, ha pasado a un segundo plano ante la disruptiva de la figura del ‘torero funcionario’. Una figura que terminará por convertir al arte más impredecible del mundo en un espectáculo repetitivo, monótono y puede que circense.

La pereza de ciertos toreros y su incapacidad para la renovación de ideas y estilos choca, como ya apuntaba, con el carácter luchador de otra clase de toreros: los que conservan el carácter espartano. Figuras como Diego Urdiales, Emilio de Justo o el murciano Rafael Rubio ‘Rafaelillo’, que ni en su tierra pudo ver recompensado su esfuerzo cuando más alto logró volar, son algunos de los nombres que podrían ilustrar esta miserable realidad.

Hoy, tras una temporada difícil y cuanto menos atípica, en la que el diestro del Barrio del Carmen tan solo ha podido trenzar 8 paseíllos, lejos de los 16 de la pasada campaña o de los 22 que hizo en la 2016, la programación del curso 2019 pende de un finísimo hilo precisamente por esa maltrecha meritocracia.

Rafaelillo ha sido uno de los toreros maltratados por este sistema, empecinado en no reconocer el esfuerzo de los hombres que se visten de luces para bailar ante el encuentro crucial con la suerte y el destino. Con la vida. Y esto no es cuestión de gustos ni deseos; da igual lo que opinemos ustedes o yo. Es, por tanto, cuestión de justicia. No nos equivoquemos. No podemos empujar a la Tauromaquia hasta un símil de lo que conocemos hoy como 'ley Isabel Celaá'.

La filosofía taurina está cambiando –para bien o para mal: valoren ustedes mismos– y así lo estamos viendo con la abolición de los llamados apoderados independientes. Más allá de los tópicos «crúzate, bájale la mano o dale distancia», Rafaelillo forma parte de esos toreros que al término de una faena son capaces de estallar, de sacar todo el sentimiento hasta la lágrima.

Se suele decir aquello de que “los toreros son hijos de su tiempo”. Rafaelillo, sin duda, lo es. Es un torero, de tiempo y –ojalá– que para tiempo.2377_0005 rafaelillo las ventas

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