La (in)mortalidad de nuestra historia


Que no se haya programado ningún acto que nos transporte sentimentalmente a uno de los acontecimientos con más solera de nuestro pueblo no es solamente una injusticia perpetrada por el gobierno local de turno
Antonio José Candel

A veces me pregunto cómo seremos dentro de cuarenta años. ¡Pero qué cosas tienes, Antoñito! Ahora que acogemos como sociedad adulterada el rechazo hacia personajes imprescindibles de nuestra historia como Fray Junípero Serra, Cristóbal Colón o los mismísimos Reyes Católicos; incluso nos atrevemos a desestimar a filósofos como Descartes, Platón o Kant por ser “racistas, colonialistas y blancos”, uno se pregunta hasta cuando mantendrán el poso las esencias que nos moldearon como sociedad.

Hay momentos impagables que este diabólico virus chino nos ha lacerado sin permiso ni pudor, y es que como suele rezar el sabio refranero español: «no somos nadie». Las Fallas valencianas, la madrileña feria de San Isidro, la cita alicantina de San Juan, los Sanfermines pamplonicas, la Tomatina de Buñol y hasta un sinfín de acontecimientos que nos recuerdan cada poco más de 360 días quienes somos y de donde venimos.

En Blanca, esa fecha, la simboliza el día de su encierro. ¡Ninguna duda! Porque en Blanca, aunque se intente programar alguno más, el Encierro siempre será una cita en singular. El Encierro de Blanca. ¡Tal cual! ¡Una maravilla! Imperdible para el buen hijo de esta tierra murciana. Porque sus callejuelas medievales son insuperables. Peculiaridad peligrosa, fogosa. Engancha y seduce. ¿Qué quieren? Se trata del Toro y su bravura.

He de confesar que soy muy pesimista. Pero ojo, se trata de un pesimismo de orden moral. Quizá porque no tengo ganas de rebeliones infértiles, ajenas en cualquier caso a algún puerto. Tampoco ayuda la ojeada diaria a las redes sociales. Hace apenas unos días conversaba con Victorino Martín sobre la situación que vive la Tauromaquia y me aseveraba con su particular señorío: «Candel, no podemos seguir siendo unos llorones». Y es que tiene razón, maldita sea.

Nunca le vi ninguna virtud al hecho de resignarse, y cuando se trata de luchar por nuestras tradiciones el inmovilismo es indignante. No podemos olvidar ­­–quizá sea este el origen del problema– que la gran enfermedad española, además del rencor, ha sido la incapacidad de instruir educativa y moralmente firme a una nueva generación que capitanee el ansiado relevo generacional.

Que no se haya programado ningún acto que nos recuerde o nos transporte sentimentalmente a uno de los acontecimientos con más solera de nuestro pueblo no es solamente una injusticia perpetrada por el gobierno local de turno. Por supuesto que existe esta realidad innegable: no ayuda el que estemos gobernados y guiados por una panda de gritones sin talento ni capacidad. Pero la responsabilidad, en todo caso, la tenemos que repartir porque es superlativa.

Un fracaso estrepitoso por racionar entre todos los que amamos a la Tauromaquia en Blanca, estemos vinculados o no a ella de manera profesional. Les hemos regalado aquello que más ansían, su pretensión de que nadie diga nada que los contrarié o inquiete. Espero que para esto –por lo menos– no sea demasiado tarde.

Y es que el asociacionismo taurino en Blanca es una realidad que supura insuficiencias desde su concepción. No es reivindicativo. Carece de continuidad y de ideas. Ni la fuerza de la juventud ni la experiencia del veterano aficionado ha sabido cohesionarse para estructurar una entidad solvente ante la flagrante amenaza de soledad. ¡Una autentica pena! Me consta, a pesar de todo, que a muchos de estos buenos aficionados les ha costado sudor y fondo de bolsillo. A ellos, nuestra gratitud.

No olvidemos que siempre será la iniciativa social formada y con una argumentación maciza la que marque la agenda política de hasta el más pequeño de los consistorios. Por aquí es por donde debemos de retomar el asunto. Porque cuando esta unión se atenúa, se resume a un breve pestañeo, queda arrinconada. Está destinada a marcar tan solo páginas de nuestro olvido. No podemos permitir que algo tan desastroso suceda en nuestro municipio. No en ‘Blanca, Villa del Toro’; no en este pedazo de tierra española que siempre presumió de celebrar la vida y la muerte a través de la cultura taurina.
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